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1814-Segunda república. Discurso de el Libertador en la Asamblea de Ciudadanos en Caracas el 2 de enero en el convento de religiosos franciscanos


Quien hubiera tenido el presagio de que un pulpero del local pueblo de calabozo, un ciudadano comun, español peninsular, asturiano, un habitante de la joven Venezuela republicana, se convertiría en una de las peores amenazas de la patria naciente. Luego de la Campaña Admirable Bolívar asume por primera vez la dictadura para contrarrestar las acciones realistas y las de Boves, sin embargo el destino de la segunda república  ya estaba echado.

Cuando aun transcurría la primera República el Español, asturiano,  José Tomas Boves, quien ejercía como pulpero en la ciudad de Calabozo, debido a su origen español estuvo a punto de morir ejecutado por los patriotas, sin embargo el jefe realista Antoñanzas tomo el pueblo, y este, Boves,  se une a las tropas realistas el 23 de mayo de 1812. Ese mismo año, en junio, Miranda capitularía ante Jefe Realista Monteverde, y marcaría el fin de la primera república. Transcurriría la otra mitad de ese año de 1812, y mientras Bolívar se exiliaba en Curacao para luego dirigirse a Cartagena de Indias  y se preparaba alli para iniciar la campaña admirable,  Boves, ahora convertido en un ferviente y sanguinario realista, ganaba afectos en las filas leales al rey de España.

El nacimiento de la segunda republica se inicia con la campaña admirable, siendo el inicio de un periodo breve de historia marcada por luchas, victorias y reveses del ejército patriota.

Así termino de transcurrir el año de 1812. Luego, desde el  8 de enero de 1813 Bolívar ocupa Ocaña para luego ir a Cúcuta. Luego avanza luchando en la campana admirable, a su paso se le une uno de los personajes de la segunda republica, el coronel, español peninsular, Vicente Campo Elías  [4], continúan  y es cuando  el 4 de agosto de 1813, Bolívar entra triunfante en Caracas, casi al mismo tiempo que Mariño toma Barcelona y afianzan la victoria patriota sobre los realistas, aunque solo en parte de lo que fue la Capitanía General de Venezuela.

Luego de estas acciones está fundada la segunda República, el capitán de fragata y auto nombrado Capitán General Domingo de Monteverde aun no se siente derrotado y continua las ofensivas desde Puerto Cabello [3], , habrá victoria patriota en Bárbula a cargo del coronel Anastasio Girardot  el 30 de septiembre de 1813, y en Trincheras el 3 de octubre de 1813. A la vez que esto ocurre el teniente coronel Tomás  Montilla atiende por ordenes de Bolívar a neutralizar a Boves, procedente de Barcelona , donde, efectúa en una de sus primeras acciones como jefe autónomo en Cachipo el 11 de septiembre de 1813 en contra del comandante Freitas y los Monagas. se dirigía ahora hacia Calabozo. Montilla, con una columna de 600 hombres llega a Villa de cura y de allí encargó al teniente coronel Carlos Padrón para que se adelantase y atacase a Boves.

El 21 o el 23 de septiembre de 1813 en las cercanías del caño de Santa Catalina, Boves infunde la derrota patriota ante Padrón. Boves se afianza su primera victoria militar. El Coronel Vicente Campo Elías se encontraba cumpliendo instrucciones de buscar a los esclavos que huyendo de las batallas ocurridas se habían dirigido hacia los llanos centrales. Campo Elías paso por Villa de Cura e incorporo a sus filas a los patriotas quienes lograron escapar de Santa Catalina, reunió caballos en San Sebastián y otros lugares [5] y  se dirigió hacia El Sombrero donde descanso antes de proseguir para reunir dos columnas mas y dirigirse al sitio de Mosquiteros donde le infringió una terrible derrota a Boves el 14 de octubre de 1813. Mientras Campo Elias se dirige a Calabozo a ajusticiar a los huidos de Boves en Mosquiteros, este (Boves) huiría hacia Guayabal  donde comenzaría a crear su ejército que llamo la “Legión Infernal” y pronto volvería a la carga:  a mediados de diciembre de 1813 estaba en San Juan de los Morros con cerca de 6.000 hombres[1]  la mayoría a caballo, mientras Monteverde derrotado y convaleciente regresaba a España.  Ante la amenaza de Boves se realiza una asamblea popular en Caracas, el 2 de enero de 1814 y allí Bolívar asume como dictador luego el 15 de enero de 1814, el General Mariño  quien se encontraba en oriente le manifiesta sus deseos de ayudarle, entre tanto  Bolívar envía a Campo Elías para detener a Boves, por lo que se enfrentarían en la primera  batalla de la puerta. Esta vez no sería igual a Mosquiteros, la puerta fue  sitio de dos derrotas patriotas en menos de 4 meses siendo esta primera el  3 de febrero de 1814 y luego el 15 de junio de 1814 contra las fuerzas conjuntas de Bolívar y Mariño. Seria de mal presagio, comenzaría a presentarse ahora  toda una  serie de eventos que desencadenaría la caída de la  segunda republica en diciembre de ese mismo  año: 1814.

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Cuando Boves se reagrupaba a finales de 1813 fue objeto de mucha preocupación por parte de los patriotas.  Boves  ganaba liderazgo entre quienes mostraran desacuerdo con los blancos criollos, y  todos de quienes supo aprovechar su odio contra ellos como de aquellos esclavos que huyeron , los indios, mestizos, mulatos, negros.  Estas acciones, llevaron a que el 2 de Enero de 1814 se formara una asamblea de ciudadanos en el convento de los religiosos franciscanos en Caracas, bajo la presidencia del jurisconsulto Cristóbal Mendoza, y en la misma se ratificó el ejercicio dictatorial del General Simón Bolívar, quien declaró que,” acepta la dictadura hasta que cese el peligro”.[6]

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Discurso pronunciado por el Libertador en la Asamblea celebrada en Caracas el día 2 de enero de 1814 en el convento de religiosos franciscanos. [2]

Ciudadanos:

El odio a la tiranía me alejó de Venezuela, cuando vi mi patria segunda vez encadenada; y desde los confines lejanos del Magdalena el amor a la libertad me ha conducido a ella, venciendo cuantos obstáculos se oponían a la marcha que encaminaba a redimir a mi país de los horrores y vejaciones de los españoles. Mis huestes seguidas por el triunfo, lo han ocupado todo, y han destruido el coloso enemigo. Vuestras cadenas han pasado a vuestros opresores; y la sangre española que tiñe el campo de batalla, ha vengado a vuestros compatriotas sacrificados.
Yo no os he dado la libertad. Vosotros la debéis a mis compañeros de armas. Contemplad sus nobles heridas, que aún vierten sangre; y llamad a vuestra memoria los que han perecido en los combates. Yo he tenido la gloria de dirigir su virtud militar. No ha sido el orgullo, ni ambición del poder el que me ha inspirado esta empresa. La libertad encendió en mi seno este fuego sagrado; y el cuadro de mis conciudadanos expirando en la afrenta de los suplicios, o gimiendo en las cadenas, me hizo empuñar la espada contra los enemigos. La justicia de la causa reunió bajo mis banderas los más valerosos soldados; y la Providencia justa nos concedió la victoria.
Para salvaros de la anarquía y destruir los enemigos que intentó sostener el partido de la opresión, fue que admití y conservé el poder soberano. Os he dado leyes; os he organizado una administración de justicia y de rentas; en fin os he dado un Gobierno.
Ciudadanos: yo no soy el soberano.
Vuestros representantes deben hacer vuestras leyes; la hacienda nacional no es de quien os gobierna. Todos los depositarios de vuestros intereses deben demostraros el uso que han hecho de ellos.
Juzgad con imparcialidad si he dirigido los elementos del poder a mi propia elevación, o si he hecho el sacrificio de mi vida, de mis sentimientos, de todos mis instantes por constituiros en nación, por aumentar vuestros recursos, o más bien por crearlos.
Anhelo por el momento de trasmitir este poder a los representantes que debéis nombrar; y espero, ciudadanos, que me eximiréis de un destino que alguno de vosotros podrá llenar dignamente, permitiéndome el honor a que únicamente aspiro, que es el de continuar combatiendo a vuestros enemigo: pues no envainaré jamás la espada mientras la libertad de mi patria no esté completamente asegurada. Vuestras glorias adquiridas en la expulsión de vuestros opresores, se veían eclipsadas; vuestro honor se hallaba comprometido; vosotros lo habéis perdido habiendo sucumbido bajo el yugo de los tiranos.
Erais la víctima de una venganza cruel. Los intereses del Estado estaban en manos de bandidos. Decidid si vuestro honor se ha repuesto; si vuestras cadenas han sido despedazadas; si he exterminado vuestros enemigos; si os he administrado justicia; y si he organizado el erario de la República.
Os presento tres informes justificados de aquellos que han sido mis órganos para ejercer el poder supremo. Los tres Secretarios de Estado os harán ver si volvéis a aparecer sobre la escena del mundo, y que las naciones todas que ya os consideraban anonadados, vuelven a fijar su vista sobre vosotros, y a contemplar con admiración los esfuerzos que hacéis por conservar vuestra existencia; si estas mismas naciones podrán oponerse o proteger y reconocer vuestro pabellón nacional; si vuestros enemigos han sido destruidos tantas cuantas veces se han presentado contra, los ejércitos de la República; si puesto a la cabeza de ellos, he defendido vuestros derechos sagrados; si he empleado vuestro erario en nuestra defensa; si he expedido reglamentos para economizarlo y aumentarlo; y aun en medio de los campos de batalla, y en el calor de los combates he pensado en vosotros, y en echar los cimientos del edificio que os constituya una nación libre, feliz y respetable. Pronunciad en fin si los planes adoptados podrán hacer se eleve la República a la gloria y a la felicidad.
No he podido oír sin rubor, sin confusión llamarme héroe, y tributarme tantas alabanzas. Exponer mi vida por la patria, es un deber, que han llenado vuestros hermanos en el campo de batalla; sacrificar todo a la Libertad, lo habéis hecho vosotros mismos, compatriotas generosos. Los sentimientos que elevan mi alma, exaltan también la vuestra. La Providencia, y no mi heroísmo, han operado los prodigios que admiráis.
Luego que la demencia o la cobardía os entregaron a los tiranos, traté de alejarme de este país desgraciado. Yo vi al pérfido que os atraía a sus lazos, para dejaros prendidos en las cadenas. Fui testigo de los primeros sacrificios que dieron la alarma general. En mi indignación resolví perecer antes de despecho o de miseria en el último rincón del globo, que presenciar las violencias del déspota. Huí de la tiranía, no para ir a salvar mi vida, ni esconderla en la oscuridad, sino para exponerla en el campo de batalla, en busca de la gloria y de la Libertad. — Cartagena al abrigo de las banderas republicanas, fue elegida para mi asilo. Este pueblo virtuoso defendía por las armas sus derechos contra un ejército opresor que había ya puesto el yugo a casi todo el Estado. Algunos compatriotas nuestros y yo llegamos en el momento del conflicto, y cuando ya las tropas españolas se acercaban a la capital, y le intimaron la rendición. Los esfuerzos de los caraqueños contribuyeron poderosamente a arrojar a los enemigos de todos los puntos. La sed de los combates, el deseo de vindicar los ultrajes de mis compatriotas me hicieron entonces alistar en aquellos ejércitos, que consiguieron victorias señaladas. Nuevas expediciones se hicieron contra otras provincias. Ya en aquélla época era yo en Cartagena coronel, inspector, y consejero, y no obstante pedí servicio en calidad de simple voluntario bajo las órdenes del coronel Labatut que marchaba contra Santa Marta. Yo desprecié los grados y distinciones. Aspiraba a un destino más honroso:
derramar mi sangre por la Libertad de mi patria.
Fue entonces que indignas rivalidades me redujeron a la alternativa más dura. Si obedecía las órdenes del jefe, no me hallaba en ninguna ocasión de combatir; si seguía mi natural impulso, me lisonjeaba de tomar la fortaleza de Tenerife, una de las más inexpugnables que hay en la América Meridional. Siendo vanas mis súplicas para obtener de aquél me confiase la dirección de esta empresa, elegí arrastrar todos los peligros y resultados, y emprendí el asalto del fuerte. Sus defensores le abandonaron a mis armas, que se apoderaron de él sin resistencia, cuando hubiera podido rechazar al mayor ejército. Cinco días marcados con victorias consecutivas, terminaron la guerra, y la provincia de Santa Marta fue ocupada después sin obstáculo alguno.
Tan felices sucesos me hicieron obtener del Gobierno de la Nueva Granada el mando de una expedición contra la provincia de Cúcuta y Pamplona. Nada pudo allí detener el ímpetu de los soldados que mandaba. Vencieron y despedazaron a los enemigos en donde quiera que los encontraban, y esta provincia fue libertidaza.
En medio de estos triunfos, ansiaba sólo por aquellos que debieran dar la libertad a Venezuela; constante mira de todos mis conatos. Las dificultades no podían aterrarme; la grandeza de la empresa excitaba mi ardor. Las cadenas que arrastrabais, los ultrajes que recibíais, inflamaban más mi celo. Mis solicitudes al fin obtuvieron algunos soldados, y el permiso de poder hacer frente al poder de Monteverde. Marché entonces a la cabeza de ellas, y mis primeros pasos me hubieran desalentado, si yo no hubiese preferido vuestra salud a la mía. La deserción fue continua, y mis tropas habían quedado reducidas a muy corto número, cuando obtuve los primeros triunfos en el territorio de Venezuela.
Ejércitos grandes oprimían la República, y visteis, compatriotas, un puñado de soldados libertadores volar desde la Nueva Granada hasta esta capital venciéndolo todo, y restituyendo a Mérida, Trujillo, Barinas, y Caracas a su primera dignidad política. Esta capital no necesitó de nuestras armas para ser libertada. Su patriotismo sublime no había decaído en un año de cadenas y vejaciones. Las tropas españolas huyeron de un pueblo desarmado, cuyo valor temían, y cuya venganza merecían. Grande y noble en el seno mismo del oprobio, se ha cubierto de una mayor gloria en su nueva regeneración.
Compatriotas, vosotros me honráis con el ilustre título de Libertador. Los oficiales, los soldados del ejército, ved ahí los libertadores; ved ahí los que reclaman la gratitud nacional. Vosotros conocéis bien los autores de vuestra restauración: esos valerosos soldados; esos jefes impertérritos. El general Ribas, cuyo valor vivirá siempre en la memoria americana, junto con las jornadas gloriosas de Niquitao y Barquisimeto. El Gran Girardot, el joven héroe que hizo aciaga con su pérdida la victoria de Bárbula; el mayor general Urdaneta, el más constante y sereno oficial del ejército. El intrépido D’Elhuyar, vencedor de Monteverde en las Trincheras. El bravo comandante Elías, pacificador del Tuy, y libertador de Calabozo. El bizarro coronel Villapol, que desricado en Vigirima, contuso y desfallecido, no perdió nada de su valor que tanto contribuyó a la victoria de Araure. El coronel Palacios, que en una larga serie de encuentros terribles, soldado esforzado y jefe sereno, ha defendido con firme carácter la libertad de su patria. El mayor Manrique, que dejando sus soldados tendidos en el campo, se abrió paso por en medio de las filas enemigas, con sólo sus oficiales Planes, Monagas, Canelón, Luque, Fernández, Buroz y pocos más cuyos nombres no tengo presentes, y cuyo ímpetu y arrojo publican Niquitao, Barquisimeto, Bárbula, las Trincheras y Araure.
Compatriotas: yo no he venido a oprimiros con mis armas vencedoras; he venido a traeros el imperio de las leyes; he venido con el designio de conservaros vuestros sagrados derechos. No es el despotismo militar el que puede hacer la felicidad de un pueblo, ni el mando que obtengo puede convenir jamás, sino temporariamente a la República.
Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes ni del Gobierno; es el defensor de su libertad. Sus glorias deben confundirse con las de la República; y su ambición debe quedar satisfecha al hacer la felicidad de su país. He defendido vigorosamente vuestros intereses en el campo del honor, y os protesto los sostendré hasta el último período de mi vida. Vuestra dignidad, vuestras glorias serán siempre caras a mi corazón; mas el peso de la autoridad me agobia. Yo os suplico me eximáis de una carga superior a mis fuerzas. Elegid vuestros representantes, vuestros magistrados, un gobierno justo; y contad con que las armas que han salvado la República, protegerán siempre la libertad y la gloria nacional de Venezuela.
Los oradores han hablado por el pueblo; el ciudadano Alzuru ha hablado por mí. Sus sentimientos deben elevar todas las almas republicanas.  ¡Ciudadanos! en vano os esforzáis por que continúe ilimitadamente en el ejercicio de la autoridad que poseo. Las asambleas populares no pueden reunirse en toda Venezuela sin peligro. Lo conozco, compatriotas; y yo me someteré, a mi pesar, a recibir la ley que las circunstancias me dictan, siendo solamente hasta que cese este peligro, el depositario de la autoridad suprema. Pero más allá, ningún poder humano hará que yo empuñe el cetro despótico que la necesidad pone ahora en mis manos. Os protesto no oprimiros con él; y también, que pasará a vuestros representantes en el momento que pueda convocarlos.
No usurparé una autoridad que no me toca; yo os declaro, pueblos ¡que ninguno puede poseer vuestra soberanía, sino violenta e ilegítimamente! Huid del país donde uno solo ejerza todos los poderes: es un país de esclavos. Vosotros me tituláis el Libertador de la República, yo nunca seré el opresor. Mis sentimientos han estado en la más terrible lucha con mi autoridad. ¡Compatriotas! creedme que este sacrificio me es más doloroso que la pérdida de la vida.
Confieso que ansío impacientemente por el momento de renunciar a la autoridad. Entonces espero que me eximáis de todo, excepto de combatir por vosotros. Para el supremo poder hay ilustres ciudadanos, que más que yo merecen vuestros sufragios. El general Mariño, libertador del Oriente, ved ahí un bien digno jefe de dirigir vuestros destinos.
¡Compatriotas! he hecho todo por la gloria de mi patria. Permitid haga algo por la mía. No abandonaré, sin embargo, el timón del Estado, sino cuando la paz reine en la República.
Os suplico no creáis que mi moderación es para alucinaros, y para llegar por este medio a la tiranía. Mis protestas, os juro, son las más sinceras. Yo no soy como Sila, que cubrió de luto y de sangre a su patria:
pero quiero imitar al dictador de Roma, en el desprendimiento con que abdicando el supremo poder volvió a la vida privada, y se sometió en todo al reino de las leyes.
No soy un Pisistrato, que con finas supercherías pretende arrancar vuestros sufragios afectando una pérfida moderación, indigna de un republicano; y más aún, de un defensor de la patria. Soy un simple ciudadano, que prefiero siempre la libertad, la gloria, y la dicha de mis conciudadanos, a mi propio engrandecimiento. Aceptad, pues, las más puras expresiones de mi gratitud, por la espontánea aclamación que habéis hecho titulándome vuestro dictador, protestándoos al separarme de vosotros, que la voluntad general del pueblo será para mí, siempre la suprema ley; que ella será mi guía en el curso de mi conducta, como el objeto de mis conatos será vuestra gloria y vuestra libertad.

SIMON BOLIVAR

[1] http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=boves-jose-tomas

[2] http://www.fundacionjoseguillermocarrillo.com/sitio/sbdislibertador.html

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Domingo_de_Monteverde

[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Vicente_Campo_El%C3%ADas

[5] http://batallasdevenezuela.com.ve/?p=94

[6] http://www.buenastareas.com/ensayos/Historia-De-Venezuela/6689328.html

Categorías:Historia, Sociedad
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